Tumbados en las nubes tratábamos de buscar parecidos y figuras a las flores de aquel parque.
Para dormir un café y para despertarnos, una tila y besos para untar.
Donde las palomas y los patos nos daban de comer.
Allí, donde las cebollas lloraban. De felicidad o de tristeza. Sólo ellas lo sabían, pero siempre por nosotros.
Los diarios cada día, al terminar la noche, escribían nuestra historia, tan tuya y a la vez tan mía...
Aquel lugar, donde los millones y confusos planes nos elegían como diversión.
Y así era. De repente, desde la gran pantalla, comiendo palomitas mientras mirábamos a gente extraña que nos observaba de la mismas manera desde rojas butacas.
Todo siempre solos, pero nunca solos del todo.
Donde los árboles tallaban todas y cada una de nuestras sonrisas.
Donde las púas saltaban a la cuerda y las melodías eran creadas por nosotros.
Y así era, en nuestras alarmas ni Sol ni Fa eran las claves.
No sé si era "arte" o "erte",
"odiarte" o "quererte".
Lo único que los dos sabíamos era todo o quizás, nada.