No recuerdo muy bien si cerré la puerta de mi casa.
Que me robaran en ese momento era lo que menos me importaba.
El único tesoro que tenía estaba ahí fuera.
Era un tesoro creativo, lleno de colores en una mente que soñaba realidades.
Arte era su segundo apellido.
Belleza, el primero.
Comiéndome la cabeza sobre aquel enigmático lugar en el que podía situarse,
encontré la solución.
Así que corrí y no paré de buscarla.
Sofocado llegué al riachuelo donde un día prometió desaparecer.
Y ahí la encontré, con un mapa lleno de puntos para saber en que lugar podíamos volver a reencontrarnos...