Recuerdo perfectamente mi llegada.
Un país unido y muy protector de los suyos
Mil preguntas me atosigaron nada más llegar al aeropuerto.
Ahí estaba mi maleta, tal y como la dejé.
Siguiente avión.
¿Que iba a ser de mi?
Un alma dormida en un país completamente desconocido.
En aquel avión, a mi lado y no tan cerca,
personas que tras conocer una pizca de sus vidas,
marcaron mi corazón;
cuál niño enamorado con una navaja en el tronco de un gran árbol.
Sembrado y crecido tras un efecto enamorado,
una amistad que poco a poco, fue floreciendo.
Pelo liso en la capital de España,
pelo ondulado en cualquier lugar de Florida.
Pelo rizado en cualquier parte del mundo;
alisado artificial, en aquel partido de béisbol.
Y así presumida y coqueta,
sincera y fiestera; nos cogió de la mano la Sra. Amistad,
aquella que prometió acogernos en cualquier rincón con la única condición
de no separarnos en lo que quedaba de viaje.
Aquel bus amarillo escolar americano;
harto de oírnos cantar, harto de vernos bailar.
Cansado de oír nuestras carcajadas y empapado de nuestras lágrimas,
las cuáles, afortunadamente, eran de felicidad.
Y dos familias decidieron conocerse para que cada día vivido en aquellas pequeñas urbanizaciones fuera único.
Fiestas en la casa del lago,
disfrutando de cada par de gafas de aquel 'Flea Market',
haciendo sufrir a nuestra tarjeta de crédito,
bailando en un escenario desconocido,
cantando en un simple karaoke rodeado de agua y de risas aseguradas.
Por no hablar de vosotros, jugando cada día a la pelota.
Cada día haciendo cuentas atrás de los minutos que quedaban
para jugar como cuando era una niña.
Ensayando el mismo baile millones de veces,
disfrutando cada momento con una cámara en mano...
Y así junto a la playa y al lavado de coches,
junto a aquellos karts y a los patines.
Y así junto los chapuzones de los diferentes lagos,
junto con aquellas horribles tortitas.
Ahí estaba.
Escuchando música intentando parar el tiempo
con la finalidad de que aquella maravilla no acabara nunca.
Cenando con las manos y para colmo, los caballos.
Comenzó el fin de semana, demasiado medieval,
pero a su lado, viviéndolo como un vendaval.
Fuerte, constante, electrizante,
dulce, fresco, rápido, lleno de locuras,
pasillos y piscinas.
Hamacas y franceses,
jacuzzis con italianos, rusos y japoneses.
Y la mejor noche de mi vida.
Desconocidos, durmiendo juntos.
Almohadas tiradas por la moqueta, sabanas en el suelo.
Las demás habitaciones, dormidas.
Y ahí estábamos nosotros, con la noche ya caída,
y si fueran realidad los sueños, también soñarían.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Las aportaciones subjetivas me llenarán como bloggera, las constructivas a mejorar y las negativas sin argumentos a ignorar y a avanzar.