como sus cantes flamencos, como el centro histórico, como cruzar el Puente de Triana.
Le recé a Dios siendo atea para verla desde la catedral, y la veía, ahí a donde fuera. La veía; viajaba a Sevilla. Me perdía en sus miradas, y corría de la mano de sus tonterías, como si nos perdiéramos por los jardines del Real Alcázar. Viviendo en sus detalles, protegiéndole de cuchillos la espalda, ir hasta lo más alto con ella era subir a la Giralda. Me llenaba de tapas, como de carcajadas. Me llevaba por la calle de la amargura, aunque a veces por ver todas las casas pintadas de blanco, valía la pena.
Valía la pena, conocer su ciudad favorita viéndola a ella. Nunca he estado en Sevilla, es ella la que me transporta ahí cuando le brillan los ojos al hablar de ella.
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