Y se fue sin cerrar la puerta; dejándola entreabierta por si algún que otro día se le ocurría la maldita idea de volver. Como un tonto cleptómano corría, creyendo haber robado una parte de ella.
Entre sus manos un corazón, que claramente, no era suyo y por lo tanto no le pertenecía.
Era de aquella chica que al igual que su mente desordenada, dejó entre sus cajones, la maqueta de aquel corazón que pintó felizmente con detalle antes de conocerle.
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Las aportaciones subjetivas me llenarán como bloggera, las constructivas a mejorar y las negativas sin argumentos a ignorar y a avanzar.